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Desde Tue Mani, viajero

Al tiempo de caminar por la vida, me encontré acompañado y perplejo frente a los pizarrones que anuncian la llegada de vuelos internacionales del Aeropuerto de la Ciudad de México. Más allá de la anécdota de una espera de varias horas, de una llamada avisando que a falta de poder aterrizar en la Ciudad de México el avión fue desviado hacia Acapulco y de llegar al punto de botanear -con unos buenos cacahuates y habas enchiladas- la compulsiva observación de las pantallas de llegada justo como si estuviera viendo mi peli favorita, más allá de todo eso vienen a mi mente todas las ocasiones en que he llegado a una terminal/aeropuerto desconocido sin nadie que me espere.

 

En una sociedad que se jacta de estar interconectada, en un mundo que se asume globalizado, disfruto de la facilidad con que, en ocasiones, se tejen redes inesperadas. Hace un par de semanas a partir de la plática con quien ahora es una buena amiga sudamericana, surgió el tema de otra amiga proveniente de Sudamérica. Palabras más, palabras menos terminé ofreciendo no sólo recepción sino alojamiento a quien por lo que decía mi interlocutora “llegaba a México sin tener idea de qué hacer al bajar del avión”. Y es que muchas veces me he bajado de un avión, incluso de buses sin tener idea de qué hacer una vez cruzando el umbral de salida. Gracias un poco a la fortuna, pero principalmente a buenos corazones son pocas las veces que me ha tocado representar el papel de viajero-en-situación-de-calle, por llamarlo de alguna manera.

 

Lo acaecido en Parabia, Brasil -mi más reciente experiencia de alojamiento solidario- me reafirmó lo que hoy aplico con quien sale de inmigración cargada de un par de maletas tras casi 24 horas de viaje: Una cama, agua caliente,  un hogar que nos salve de que la gran ciudad nos engulla impunemente y un abrazo entre quienes sólo compartían el número de avión y la hora de llegada en un ticket enviado por e-mail se vuelven tesoros invaluables.

 

Más que una cena a deshoras,  pay de limón y una botella de vino son la sencilla forma de festejar la llegada. Los inesperados cuyabritos y obsequios son innecesarios pero no por eso menos entrañables. Finalmente algo surge antes de dejar descansar a nuestra invitada y una ocurrencia se materializa en una serie de emotivos momentos, de quesadillas e itacates de mercado, de caminatas entre artesanías, de pulque y café y de pláticas interrumpidas por risas que tuvieron como telón de fondo Tepoztlán, Morelos. Los detalles son recuerdos compartidos que, espero, hayan disipado el temor de nuestras amigas viajeras.

 

Finalmente, en este dar y recibir que la vida nos ofrece, en este juego de a veces ser activo viajero y otras ser sedentario anfitrión, agradezco las reflexiones y los ejemplos de vida sobre no permitir que el temor, las vicisitudes e incluso una enfermedad como el cáncer nos arrebaten el gozo de vivir. Bocelli lo expresa mejor que yo:

 

“Respiro libre, grito en el alma

En tus manos, si quieres

Tu destino tendrás” *

 

Buen viaje amigas.

 

 

*Andrea Bocelli-Nelle tue mani

Escrito por Erick Aguilar

Aprendiz de ser humano, viajero en capacitación, bibliófilo consumado y sociólogo consumido

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